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Escrito por Kepa Murua
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Tengo en mis manos, Los pasos del nómada, el libro del poeta y novelista, Pedro Tellería, con quien he disfrutado de animadas veladas poéticas y compartido situaciones complicadas, pero interesantes, en el mundo del libro y la edición, durante un largo periodo de tiempo que nos ha servido para afianzar una camaradería, una confianza y una complicidad donde las conversaciones tranquilas, pero sin máscaras, fluyen desde entonces con humor, con alegría e, incluso, con una risa cómplice cuando uno se ríe de sí mismo y se siente acompañado por la ironía del otro.
Además, muchas veces hemos tenido que leer el mismo libro con el fin de intercambiar puntos de vista diferentes como lectores o contrastar análisis críticos que corresponden al mundo más literario. Y algunas veces más, nos hemos leído nuestros libros inéditos, pues el apoyo de un compañero de letras, que se convierte finalmente en un amigo, es necesario para crecer en un mundo tan solitario como este, donde el escritor ya no ve lo que escribe cuando con el paso del tiempo tiene que utilizar, por ejemplo, gafas.
Permítanme entonces que me ponga las mías para leer la dedicatoria que me escribe, pues sin ellas no la entiendo. Está en la primera página y dice: “Para Kepa: amigo, espero que te guste este libro que habla del ir y del venir, de la errancia mental y física, pero siempre con un paisaje al fondo”.
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Escrito por Alex Oviedo
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Selección de poemas de Fernando Aramburu y Francisco Javier Irazoki en la revista virtual Destinos intermedios, que lleva Octavio Escobar Giraldo. Una mirada a la poesía española contemporánea hecha desde Colombia. |
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Escrito por Alex Oviedo
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A veces el cine nos trae muestras de la literatura que se hace en otros países. Es el caso de Profesor Lazhar, película dirigida por Philippe Falardeu y protagonizada por Mohamed Fellag. La cinta –nominada al Oscar a la mejor película en habla no inglesa en 2011– está basada en la obra de teatro Bashir Lazhar de Évelyne de la Chenelière, un ejemplo de lo que han dado en llamar Literatura Francesa de Canadá o Literatura de Quebec. Una de las características de esta literatura, además de expresarse en francés, es la de abordar una realidad multicultural, inmigrante. Precisamente, el texto teatral de la canadiense incide en los problemas de identidad de un argelino que intenta obtener el estatuto de refugiado político al tiempo que sustituye a una maestra en una escuela primaria de Montreal. La complejidad de la sustitución no se debe sólo a la condición inmigrante del protagonista, sino también al hecho de que la maestra se ha suicidado mientras sus alumnos estaban en el recreo, y que ha sido uno de ellos quien ha descubierto el cadáver. La rotura de la normalidad afecta a todos los integrantes de un colegio que desea pasar página cuanto antes, hacer como si la muerte de la profesora Lachance fuese una pieza más del curso escolar. La aparición de Lazhar pone en evidencia, sin embargo, la multitud de sentimientos que el suicidio ha provocado en los alumnos: desde la incomprensión a la rabia pasando por la culpabilidad. La forma de dar clase del nuevo profesor choca además con el sistema lectivo canadiense: Lazhar es un entusiasta, un hombre que ama lo que hace y lo transmite a su clase –al igual que Robin Williams en El club de los poetas muertos, aunque de forma más contenida–, que acaba sucumbiendo a su encanto. Lo que no saben de Lazhar es que ha tenido que huir de su país, han asesinado a su familia, ha experimentado en carne propia el miedo y el sufrimiento del terrorismo. De ahí que no entienda cómo en la tierra prometida canadiense desee alguien quitarse la vida. La dificultad del texto original –un monólogo en el que el profesor desgranaba todos los acontecimientos solo en el escenario– se subraya en el film gracias a la labor de su protagonistas (tanto el profesor como alguno de los niños), reflejando a la perfección las tensiones personales, las contradicciones de unos alumnos que se preguntan si ellos tuvieron algo que ver en la reacción de su maestra. Y todo ello en un sistema sobreprotector que quiere evitar a toda costa la naturalidad que supone sentir el dolor o manifestarlo en público.
Artículo aparecido en la revista Luke del mes de septiembre |
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Escrito por Pedro Tellería
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El tiempo de la vida es la novela que Roberto Lastre ambientó en la Cuba de la que huyó. La novela, fuera de las erratas que él mismo reconoce con humor, está muy bien escrita y parte de una situación verídica: los casi veinte años que un hombre pasó encerrado en casa de su madre hasta que, siguiendo su propio consejo, emprendió una huida a Miami que se reveló como una encerrona para procesarlo y condenarlo. Pero más allá de la historia, que queda abierta en numerosos frentes, el libro retrata con acidez y tristeza la Cuba de Castro, con la omnipresencia de un régimen presuntamente revolucionario pero en el fondo totalitario donde la pobreza material se aúna con la indigencia moral de sus dirigentes y de muchos conciudadanos, obsesivos cumplidores de la ortodoxia comunista. Canto a la libertad, denuncia de la sinrazón de las dictaduras, periplo mental de un Ulises inverso que aguanta veinte años sin salir de la isla, el libro contiene suficientes resonancias, ecos, guiños y segundas lecturas como para convertirlo en un modesto descubrimiento particular. Con sus gotas de realismo maravilloso, de filosofía contemplativa, de costumbrismo urbano, de sexualidad caribeña, de simbolismo narrativo, su lectura me ha atrapado y me ha descubierto toda la dimensión literaria de Lastre, el fiscal que huyó de la isla caribeña para recalar en Vitoria y continuar su vida como si tal cosa. Es preciosa la simbología de las palomas y de las lechuzas como lo es el equilibrio y el contraste entre el protagonista, Román, que no se despega de su abnegada y ambigua madre, y su padre, un marino que abandonó a su familia y aprovechó uno de sus viajes para perderse en Oriente con su nueva amante. Su libro me recuerda a las dos novelas que no hace tanto tiempo Ikusager publicó del ruso Serguey Dovlátov, el periodista que huyendo de la URSS se refugió en Nueva York, donde siguió bebiendo todo el alcohol del mundo y escribiendo con vitriólica lucidez sobre el gélido infierno soviético.
Aparecido en la revista cultural Espacio Luke del mes de septiembre. |
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Escrito por Luis A. Bañeres
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Nada hay más silencioso que un reloj de sol.
El progreso, la prisa, la velocidad con la que una sociedad se mueve, siempre han estado ligadas a la medición del tiempo. Ha sido una obsesión constante para el hombre.
Del sol se pasó a la arena y la mecánica acabó con el silencioso transcurrir del tiempo. Los relojes empezaron a hacer tic-tac y la gente comenzó a moverse más rápido, como si sus vidas las controlase un metrónomo.
Luego vinieron los carrillones y las campanas, marcando tiempos con lentitud pero determinación militar, casi penitente, haciéndose oír aunque fuera lánguidamente.
La mecánica dio paso a la electrónica y se impusieron los bips y las melodías, los politonos, a medida que la velocidad y el stress se instalaron en nuestras vidas ante la mirada vigilante e inmisericorde de esos artilugios. El sonido pasó a ser impertinente y machacante y a él se sumaron dígitos de luz.
Aquello que había sido concebido como referencia temporal, controla y dirige hoy nuestras vidas de forma cruel.
Curioso artilugio el reloj, que aún parado tiene razón dos veces al día. |
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