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Escrito por Luisa Etxenike
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Durante el juicio, celebrado estos días, por el atentado del que fue víctima en 2001, el periodista Gorka Landaburu ha dirigido a sus presuntos agresores estas significativas palabras: “Soy periodista. Me habéis destrozado las manos, me habéis dejado ciego del ojo izquierdo, cicatrices por todo el cuerpo, pero os habéis equivocado: no me habéis cortado la lengua”. Considero que es una declaración además de emocionante —siempre lo es la réplica que la libertad le opone a la barbarie— valiosa porque ilustra también a la perfección lo que el terrorismo de ETA ha representado para nuestra sociedad, lo que ha intentado hacer con nuestra democracia: impedirla y amordazarla; acallar la libertad de expresión, la libertad de cátedra y de prensa; condicionar la vida económica y empresarial, y el ejercicio de la justicia, y la libre y múltiple elección política de los vascos; todo ello mediante la amenaza, la extorsión y, desde luego, el asesinato. La representación real de lo que ETA ha supuesto y pretendido en nuestras vidas es la de una banda armada contra una ciudadanía en democracia. Y no la de un conflicto armado entre dos bandos equivalentes, como pretenden hacer creer, dentro y fuera de nuestras fronteras, quienes han ejercido esa violencia antidemocrática, y quienes, de un modo u otro, la han amparado y acompañado.
Este tiempo post-ETA es y va a ser muchos tiempos, muchos procesos juntos. El de consolidación y transmisión de la memoria. El de expansión de la libertad personal y colectiva —el despliegue de muchos gestos de libertad, privados y públicos, encogidos o inhibidos tantas veces—. Y el proceso además de la necesaria reconversión democrática de una parte de la sociedad vasca. En el juicio citado, Gorka Landaburu recordaba también que, años antes de su atentado, su casa ya había sido atacada; que les tiraron basura, piedras, cócteles molotov y pasquines invitándole a marcharse del país, “que pintaron dianas, corbatas negras y nos llamaban a las dos o tres de la mañana sólo para reírse”. Este tiempo post-ETA debe ser el de la asunción de responsabilidades y principios democráticos de quienes, como los agresores de Landaburu, durante decenios los han ignorado y despreciado.
Estamos frente a muchos procesos, pero, desde luego, no ante un proceso de paz o de pacificación. No estamos al cabo de un conflicto armado, sino ante una culminación de la democracia, de la voluntad democrática de los vascos. Por eso creo que estos términos —pacificación o proceso de paz— no deberían aplicarse a ninguna de las fases ni supuestos de esta nueva etapa. Durante cincuenta años ETA ha querido imponernos, dictarnos la agenda personal, social, política, intelectual. Y también la léxica. ETA ha querido siempre imponernos su vocabulario. Un vocabulario que no considero de recibo democrático. La democracia tiene sus propias palabras, como tan bien nos recordaba Gorka Landaburu, su propia lengua, suelta, desatada.
Artículo aparecido el 20 de febrero en El País.
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Escrito por Fernando Aramburu
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Artículo aparecido en el suplemento cultural Territorios.
No es insólito que, todavía, quienes se supone que abordan con conocimiento de causa los asuntos literarios manifiesten en público que la novela es por naturaleza un género híbrido, capaz de admitir tramos de texto cuya función primordial consiste en cualquier cosa menos en relatar una historia.
Partiendo de dicha convicción, parece coherente postular que la novela no acepta más límites que los impuestos por la voluntad de quien la compone. De ahí a aseverar que una novela, aunque sólo contuviese una lista de recetas de cocina, es lo que su autor declara como tal hay poco trecho. Por la misma vía, es imaginable una narración con el siguiente arranque: «El profesor dijo:», seguido, como parlamento del mencionado profesor, de 'La fenomenología del espíritu' de Hegel al completo. Puesto que a fin de cuentas corresponde al lector activar en su entendimiento los signos que el autor le procura, sería sensato tomar asimismo en consideración su perspectiva a la hora de establecer un diagnóstico de la novela tal como hoy la concebimos.
Bien mirado, hay poca base teórica que confirme aquella suposición según la cual la novela es un saco donde cabe de todo. También es verdad que una obra literaria que no pretende sino la aplicación estricta de unos dictámenes previos, prefijados por los estudiosos, nacerá con pocas posibilidades de emitir significados dignos de atención, no digamos ya de suscitar emociones. Algo hay que romper, algo hay que alterar en el empleo e invención de los recursos para que el resultado último rebase la mera obediencia a las convenciones. Y, sin embargo, dicha ruptura o innovación, de la cual depende en no pequeña medida la densidad artística de la obra, al no poder consumarse sino a expensas de aquella situación previa alterada o rota, obliga a tener en cuenta a esta si deseamos poner al día una posible definición del género. Hay muchas variedades de paella, pero a ninguna le falta el arroz. La novela tiene asimismo desde sus inicios unas constantes y, por tanto, un núcleo invariable en torno al cual el novelista puede emplazar con mayor o menor talento los contenidos y las osadías formales que juzgue oportunos.
Quienes frecuentan la literatura saben que en el curso de los siglos pasados, y especialmente durante el apogeo del género novelesco, entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, año arriba o abajo, el arte de narrar historias largas ha experimentado cambios tan sorprendentes como audaces. El resultado ha sido una ristra de obras maestras que no tenemos por qué considerar acabada. Tal vez parezca a primera vista que 'Los hermanos Karamázov' y 'Ulises', 'Tirano Banderas' y 'El sonido y la furia', por resaltar unos títulos notables, guardan pocas semejanzas entre sí. Las diferentes maneras de relatar que esas y otras numerosas novelas comportan, el manejo diverso en ellas de componentes de primer orden como el foco narrador, el tratamiento del tiempo, los niveles de realidad, etc., podrían inducirnos a pensar que los límites de la novela han sido reventados para siempre; que una tentativa de definición del género está condenada de antemano al fracaso; o que, abierto el saco, todo vale para llenarlo.
Sin negar la evidencia de que los límites de la novela han sido ensanchados, el elemento indispensable para que una novela sea percibida como tal continúa intacto. ¿Qué condimentos, tropezones, verduras y lo que se desee no admite una paella? Lo único que no admite es que los ingredientes no estén acompañados de arroz. El arroz de la novela son, por así decir, las figuras de ficción.
La historia del género prueba que no sólo lo que habitualmente se entiende por acciones humanas constituye la materia de la narración. También los pensamientos, las visiones, el diálogo, los incidentes del intelecto, pueden constituir suceso narrativo; pero para que tal cosa ocurra es imprescindible que el referido suceso sea interpretado, esto es, que ponga en movimiento físico o mental a unos trasuntos humanos. Que estos trasuntos sean animales, monstruos e incluso objetos dotados de conciencia y habla, en lugar de personas, no afecta al principio básico de que una narración sólo es posible cuando convoca personajes activos. Por supuesto que estos no actúan fuera del espacio y el tiempo, como tampoco el arroz blanco es suficiente para merecer el nombre de paella.
Desde dicho principio no parece tanto que la novela se colme de los procedimientos y contenidos que le proporcionan otros campos de la actividad intelectual humana como que ella, al mando de sus figuras de ficción, entre a saco en aquellos para lograr sus fines de costumbre, mientras que lo contrario, simplemente, no se da. Si el historiador o el científico acuden a la ficción durante el desarrollo de su trabajo, aquel matará la verdad histórica y este la verdad científica. En cambio, el novelista, para dar forma con palabras a un simulacro de realidad y, por tanto, sin dejar de hacer novela, puede y debe valerse de la historia, la ciencia y de cuantos materiales le sean útiles para representar la presencia humana en el mundo.
Los datos del historiador nos aportan descripciones razonadas de hechos y épocas. Su tarea radica en reunir y ordenar dichos datos susceptibles de comprobación y, de paso, interpretarlos. Su narración apenas dispone de espacio para sucesos que carezcan de una proyección colectiva. Le interesan, sí, algunos individuos (reyes, conquistadores, generales) en la medida en que dejaron huella en la historia de las naciones. Para el soldado humilde de Waterloo, con barba de tres días y ampollas en los pies, no hay sitio en su empeño.
Sin embargo, para el novelista los pormenores relativos a los individuos concretos son de importancia capital. Toda novela se nutre de la narración de aquellas existencias privadas de las que habló en su día Honoré de Balzac. La novela no entiende de privilegios de clase. En ella, al emperador no le corresponde ocupar mayor número de páginas porque sea emperador. Tal privilegio, si es que así puede llamársele, pertenece a los protagonistas, sea cual sea su procedencia social.
Si deseamos adquirir conocimientos sobre lo que ocurrió realmente el 18 de junio de 1815 en Waterloo, el historiador experto en la materia nos echará sin duda una mano. Con su ayuda accederemos a un relato informativo acerca del número de tropas de los bandos implicados, las diferentes estrategias, el armamento empleado, las características orográficas del terreno, etc. Recibir una impresión singularizada de lo que supuso haber estado allí en persona; figurarnos desde una perspectiva subjetiva el estruendo de los cañones, el peso del fusil, el olor de la pólvora, el vuelo de los pájaros sobre el campo sembrado de cadáveres; todo ese conjunto de percepciones suscitadas por una realidad que cada combatiente vivió a su manera, y que al lector actual le llega vicariamente, a través de las experiencias de un grupo selecto de personajes, sólo lo puede proporcionar la ficción novelesca.
Lo cual no significa que la novela haya de supeditarse por fuerza a la historia ni a la realidad común, en la que habitan también los lectores, sino que puede, si así lo determina quien la escribe, inventar sus propios mundos y su propia lógica interna. A lo que no puede renunciar la novela es a los personajes actuantes, del mismo modo que la paella no puede renunciar al arroz sin dejar de ser paella. |
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Escrito por Luisa Etxenike
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Innumerables son las reescrituras literarias y cinematográficas que se han hecho de los cuentos de hadas. Y no me refiero a las simples versiones más o menos adaptadas al público infantil o el gusto de los tiempos, sino a las reescrituras verdaderamente críticas que se sirven de la parodia para clarear por debajo de esas tramas de princesas y príncipes azules, la estrategia mucho menos dulce e inofensiva que contienen esas historias y que consiste en perpetuar en las relaciones de pareja el sistema y el reparto de roles que dicta el sexismo más tradicional. Y para evidenciar también que esa estrategia se sustenta en un sofisticado entramado de símbolos, estereotipos y clichés de género.
Dice el escritor británico Martin Amis que un prejuicio es “un odio de segunda mano”. Me parece pertinente y valiosa esa definición que subraya todo el peligro que encierran los prejuicios, todos los destrozos que presagian. Y creo que conviene mantener los dos extremos juntos: la denuncia del cliché y la alerta máxima contra el prejuicio, porque a éste se llega o se empieza a menudo por aquel. O si se prefiere, los clichés, estereotipos, lugares comunes son umbrales o antesalas de los prejuicios porque contienen en germen aquello de lo que el prejuicio se alimenta en fruto: reduccionismo, desatención, anestesia de la curiosidad y la soltura de pensamiento.
Estamos en vísperas de San Valentín, es decir, sumidos ya en ese alarde de estereotipos amorosos, de romanticismo como de cuento de hadas, que acompaña cada año a esa celebración. Y aunque se observan algunas actualizaciones en la manera de abordar el asunto, éstas son mucho más de formato que de fondo. En fin, que la oferta de regalos, detalles y atenciones se adapta a las nuevas aplicaciones de tecnología y comunicación pero para transmitir mensajes de siempre, apoyados en construcciones de género convencionales, en repartos de roles tradicionales; en clichés de toda la vida. Y sin ningún cliché me parece fiable los de género me resultan los menos de fiar. Porque en un cliché no hay argumento para el cambio sólo alimento para que las cosas permanezcan como están.
Y ya sabemos cómo están las cosas para la condición femenina. Sabemos que bajo el enunciado formal de la igualdad de derechos circula, como en los cuentos de hadas, un segundo relato: el de la desigualdad (salarial, de reparto de las tareas domésticas y de cuotas de poder…) en la aplicación y disfrute de esos mismos derechos. Que la violencia contra las mujeres no cesa ni en intensidad —son nueve las asesinadas ya en lo que va de 2012, en uno de los peores arranques de año que se recuerdan— ni en alcance: se extiende significativamente a las nuevas generaciones. Que ni uno ni lo otro ocupan, como creo que deberían, el centro del debate democrático; sino una periferia de preocupaciones estereotipadas y de tratamientos cliché, definitivamente superados, caducados, por los acontecimientos.
Aparecido en la edición vasca de El País. |
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Escrito por Francisco Javier Irazoki
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Pienso en las reflexiones con que Félix de Azúa analiza varias liviandades de la cultura contemporánea. Las palabras del escritor aportan un bálsamo: la queja sin fatiga. No es confortable mantener su contundencia frente a la superficialidad. En momentos de desánimo, el mundo parece una esfera donde viajan siete mil millones de miradores de zapatos. En mi rincón, Francia, abundan los hombres que son presidiarios de sus espejos. Algunos parisinos se repeinan ante las lunas de los escaparates mientras evalúan, con la barrida de una sola mirada, las recientes marcas comerciales. Intoxicados por la fachada impoluta, no les importa mancharse alegremente con la vulgaridad expresiva. Va cayendo sobre sus pecheras la mugre del idioma mal usado, pero las manchas mayores las produce el consumismo. Yonquis de la obediencia, necesitan inyectarse la dosis diaria de sumisión a la moda. Las consecuencias no pueden ser más funestas: conseguimos que las nuevas generaciones esperen con docilidad las decisiones de una cultura de supermercado. Militan en la resignación mercantil. Incluso les transmitimos un recetario limitado y para el postre nunca les falta la homofobia recién aprendida en los chistes escolares. Les hemos dicho que la imagen es la capital del universo y ellos se lo han creído con disciplina. En resumen, observan e imitan nuestra egolatría hueca. Deben aprender de unos predecesores -nosotros- drogados con la comodidad de la apariencia.
Aparecido en El Cultural.
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